30 diciembre 2017

BIENVENIDOS AL PUNK (CAMINO DE LOS SEX PISTOLS)

The Kingsmen “Louie, Louie” (“Louie, Louie”, single 1963)
The Trashmen “Surfin’ Bird” (“Surfin’ Bird”, single 1963)
The Kinks “You really got me” (“You really got me”, single 1964)
The Who “My generation” ("My generation", 1965)
The Fugs “Kill for peace” ("The Fugs", 1966)


The Fugs
The Sonics “Cinderella” (“Boom”, 1966)
The Seeds “Evil hoodoo” (“The Seeds”, 1966)
The Monks “I hate you” (“Black monk time”, 1966)
The 13th Floor Elevators “You gonna miss me” (“The Pychedelic sound of the 13th Floor Elevators”, 1966)
Captain Beefheart “Zigzag Wanderer” (“Safe as milk”, 1967)

Resultado de imagen de the monks punk
The Monks

The Velvet Underground “I heard her call my name” (“White light/White heat”, 1968)
Kim Fowley “Animal man” (“Outrageous”, 1968)
MC5 “Kick out the jams” (“Kick out the jams”, 1969)
The Stooges “I wanna be your dog” (“The Stooges”, 1969)
Can “Outside my door” (“Monster movie”, 1969)

Kim Fowley

Pink Fairies “Do it” (“Never never land”, 1971)
Roxy Music “Re-Make/Re-Model” (“Roxy Music”, 1972)
The Modern Lovers “Roadrunner” (“The Modern Lovers”, 1976). Grabado en abril de 1972.
Iggy &The Stooges “Search and destroy” (“Raw power”, 1973)
The New York Dolls “Personality crisis” (“The New York Dolls”, 1973)

Pink Fairies

Patti Smith "Piss factory" ("Hey Joe", single 1974)
Dr. Feelgood “She does it right” (“Down by the jetty”, 1975)
Neon Boys “Love comes in spurts” (“Neon Boys”, 1975)
The Dictators “Master race rock” (“Go girl crazy”, 1975)
Peter Hammill “Nadir’s big chance” (“Nadir’s big chance”, 1975)

Resultado de imagen de neon boys
Neon Boys

The 101ers “Sweety of the St. Moritz” (“Egin avenue breakdown”, 1981). Grabado el 28-11-75.
Ramones “Now I wanna sniff some glue” (“Ramones”, 1976)
The Runaways “Cherry bomb” (“The Runaways”, 1976)

101ers

28 diciembre 2017

BIENVENIDOS A LA FIESTA DEL ROCK AND ROLL

Ida red”(Bob Wills and the Texas Playboys, 1938)
Caldonia”(Louis Jordan & His Tympany Five, 1945)
Freight train boogie”(The Delmore Brothers, 1946)
That’s Alright”(Arthur Crudup, 1946)
Rocky road blues”(Bill Monroe & His Blue Grass Boys, 1946)

Resultado de imagen de arthur crudup
Arthur Crudup

Good rockin’ tonight” (Roy Brown, 1947)
Boogie at midnight” (Roy Brown, 1949)
The Fat Man” (Fats Domino, 1949)
Mardi Gras in New Orleans”(Professor Longhair, 1949)
Rock the joint” (Jimmy Preston & His Prestonians, 1949)

Resultado de imagen de jimmy preston and the his prestonians
Jimmy Preston

Feelin’ Happy”(Big Joe Turner, 1949)
Rocket 88 (Jackie Brenston & His Delta Cats, 1951)
Taxi blues” (Little Richard, 1951)
The train kept-A-rollin’” (Tiny Bradshaw, 1951)
Rock me all night long” (The Ravens, 1952)

Resultado de imagen de tiny bradshaw
Tiny Bradshaw

Lawdy miss Clawdy”(Lloyd Price, 1952)
Crazy man,crazy” (Bill Haley & His Comets, 1953)
Hound Dog” (Big Mama Thornton, 1953)
Work with me, Annie”(Hank Ballard and The Midnighters, 1954)
Rock around the clock(Sonny Dae and his Knights, 1954)

Big Mama Thornton





22 diciembre 2017

MENSAJE EN UNA BOTELLA (38)

EL OSOMBROSO Y SONRIENTE FOLK DE LAS BADLANDS “Gloria o Manicomio” (Sociedad Fonográfica Subterránea, 2017).


Expresarse a través de los sonidos de raíz estadounidenses corre el riesgo de desembocar en la autocomplacencia, en el ejercicio de estilo sin más. En la persecución de la mera emulación técnica, generalmente con una actitud mucho más purista que la de los artistas originales. En el caso que nos ocupa, el riesgo podría verse seriamente incrementado dada la veteranía y calidad continuamente contrastada de los involucrados (Antonio Travé, Isaac Fernández, Antonio Pelomono, Raúl Bernal o Dani Díaz), personajes de la escena granadina curtidos en infinidad de proyectos a lo largo de los años, o profundos conocedores de los secretos de los instrumentos clásicos del country, el folk y el blues, como es el caso de Francisco Molina. No se apuren, la cuestión queda solventada desde primera hora gracias a unas composiciones redondas y unos músicos que disfrutan insuflándoles vida.

Las canciones se despachan con gran solvencia instrumental, en ningún caso suenan recargadas, ni queda rastro de exhibicionismo hueco. Sencillamente, se desarrolla y comparte toda una cultura musical plenamente interiorizada, usada como eficaz vehículo expresivo. Camaradería sonora tal que unas basement tapes desde las "Badlands" de Benalúa de Guadix.  

Los temas son en su mayoría cortos, breves y coloridas viñetas que pasan como un suspiro dejando su bien marcada impronta. Un trabajo resuelto en menos de media hora que es todo un ejemplo de concreción, dado que cada corte, a pesar de sus puntos en común estilísticos, posee su propio peso específico. Se dice lo que se quiere decir y punto, y se reviste con pericia y conocimiento.  Además, la espontaneidad no está para nada reñida con el sumo cuidado del detalle.



El Osombroso y Sonriente Folk de las Badlands, asumió desde los inicios de la banda el fin lúdico y la necesidad de transmitir y comunicar que han sido la razón de existir de estos sonidos desde su origen. El cancionero, lejos de cualquier tentación de imitación o simple parodia, traslada historias propias en las que brotan con naturalidad el humor y el absurdo, la reflexión o el lamento. Las referencias literarias y el uso de expresiones populares ayudan a conformar, sin disonancias, el brebaje del marchamo propio.


Desde la portada se saluda el mundo de las películas del oeste, abundando en el interior en el lado “spaghetti” con las apariciones estelares del Clint Eastwood de “El bueno, el feo y el malo”, “Sin perdón” y “Por un puñado de dólares” o el instrumental inicial, dos morriconianos minutos y pico tan trepidantes como crepusculares. A partir de ahí, sólo queda disfrutar repetidas veces de aromas honky tonk, bluegrass, country o western swing; valses, polcas, o incluso calipso. “La fiebre del oro” es el corte más largo, efluvios sureños imbuidos del trance Neil Young. Aviso importante: no se quede el oyente en la superficie humorística, hay mucho más donde escarbar.

29 noviembre 2017

MENSAJE EN UNA BOTELLA (37)

JOSÉ IGNACIO LAPIDO “El alma dormida” (Pentatonia, 2017)


“CRUCE DE CAMINOS, NOS EQUIVOCAMOS”


El título de este humilde texto condensa, a mi parecer, las mejores cualidades del Lapido letrista: evocador siempre con un pie a tierra, genuinamente irónico a la hora de enfrentar dudas y asimilar certezas. Se agradece que en la portada aparezca caminando tranquilamente, paseando su perplejidad de ciudadano, como lo haría por cualquier calle, sin necesidad de llevar el estuche de su guitarra, como gritando: “miradme, soy un trovador”.

Cada disco de José Ignacio Lapido se me antoja una pequeña ciudad. Un lugar nuevo que se va poblando de viejos conocidos tras cada escucha. Me gusta pasear por esas callejuelas que son sus letras, dejarme imbuir por sus imágenes, que terminan siempre fundiéndose con las mías, o doblar las esquinas de evocaciones arrasadoras que espolean mis recuerdos. Toparme con algunas verdades. Rodearme de sus personajes, aun sabiéndome caminando solo. Reflexionar sobre sus reflexiones, escuchar su eco admonitorio. Ir masticando retazos de la realidad y sus despropósitos entre enredaderas de dobles sentidos y metáforas definitivas. Sentirme mecido en interrogantes. Percibir, escucha tras escucha, el proceso de solidificación de frases memorables que se alojan para siempre en algún lugar de la memoria. Subir cuestas o dejarme ir por recodos y sinuosas calles sombrías, con la seguridad de que terminarán por desembocar en la placita soleada de un gran estribillo. Y vuelta a empezar: avanzar, descubrir, tararear, dejarse ir…



La música juega sus cartas con pericia, esquivando la rutina y la linealidad sin artificios, calcos o estrambóticas coartadas; creo que en buena medida gracias a la participación en los arreglos de Raúl Bernal. Abundan los pequeños detalles, perfectamente ajustados a la maquinaria compositiva, dentro de otro ejercicio de sobriedad sonora, que no parquedad. Arreglos tan imaginativos y estratégicos como prudentes y medidos, que buscan realzar sin restar protagonismo a lo importante, que expanden, perfuman y dotan de relieve. Gozosos subrayados. Nada compromete un estilo macerado disco a disco, tan propio como irrenunciable. Lapido no corre riesgos, no siente la necesidad de ensanchar su sonido al albur de nuevas y fugaces tendencias, ni siquiera abraza sin condiciones sonoridades que le son más cercanas. A estas alturas, todo pasa por un tamiz bien definido. Nunca ha caído en la tentación de ocultarse tras un personaje, ni se ha conducido por el mundo del rock como recién caído de una canción de Dylan. El autor se comunica, porque aún tiene cosas que decir, a través de caminos sonoros ya familiares: cuidadas armonías, exquisitez melódica, rotundidad y una idea de la gravedad expresiva más desnuda que pomposa.


Destacan la vibrante efectividad de “Nuestro trabajo”, templada con piano y palmas,  el mecido melódico a lo Byrds de "La versión oficial", la vigorosa profundidad de “Lo que llega y se nos va”, o el tramo espolvoreado de country, más crepuscular que festivo, de la magnífica “No hay prisa por llegar”, “Estrellas del purgatorio” y “Enésimo dolor de muelas”. Por cierto, se recomienda bucear con calma en “Escalera de incendios”.

28 julio 2017

ENTRE CARRETE Y CARRETE, LA CINTA MAGNÉTICA NUNCA HACE EL MISMO VIAJE

La casete era de color nacarado y pesaba poquísimo, al sacudirla, su frágil estructura emitía un leve chasquido. Desde la portada sonreía un adusto hombre trajeado con los brazos cruzados. Daba la impresión de sentirse muy seguro del orden que transmitía, del sistema de valores que representaba, del estado de las cosas. “Versiones originales”, se podía leer en la parte baja de la carátula. Era la primera de una pila de casetes poco a poco dominada por el polvo. La cinta envuelta en pasado dormía apacible, casi nueva, pero envejeciendo inexorablemente; quieta, rodeada de decenas de objetos de esos que quedan atrás y permanecen quietos hasta que alguien por fin se decide a tirarlos. Era la representante principal de un ordenado montón de tiempo fenecido.


 Las canciones en la radio se sucedían veloces, contundentes; zarpazos que iban erizando la imaginación y depositándose en la memoria. Temas cortos, urgentes, tan desesperados como descacharrantes; cuchillos en el aire que desaparecían hasta que les daba por volver. Una conversación casual con los amigos del cole le ofreció la solución para retenerlos. Al volver por la tarde a casa tomó sin pensar la cinta del hombre trajeado y tapó con papel celo las aberturas que le habían explicado, escondió la carátula y, con los nervios, hizo trizas la portada. El traje y la cara sonriente acabaron en el cubo de la basura convertidos en mil pedazos. El programa comenzó y con él las canciones. Cuando desaparecía la voz del locutor quitaba la pausa y los botones de “rec” y “play” actuaban. Para no molestar en la madrugada, escuchaba casi al mismo volumen la canción y el rumor de la maquinaria trabajosa, discreta y obsesiva del viejo reproductor, que soltaba y recogía la cinta, manteniendo el tenso equilibrio que hace brotar y conservar el sonido.




Casi todas las canciones se grababan ya empezadas y terminaban abruptamente al primer atisbo de fundido o de leve carraspeo del locutor. Los temas se iban acumulando sin pausa, parecían surgir unos de otros, y el final de la primera cara le pilló por sorpresa: apenas se habían registrado quince segundos del tema en cuestión. Toda la extensión de la cinta debía quedar grabada. La permanencia de un solo segundo del sonido original hubiese desvirtuado todo. Mientras avanzaba, anotaba trabajosamente los datos en un folio. Los de los grupos extranjeros (todos anglosajones) por su sonoridad (Estuyis), los españoles con toda su información. El papel así garabateado, incompleto y plagado de signos de interrogación, acabó arrugado entre las páginas del libro de matemáticas. La casete aún mantenía su apariencia original, salvo por el celo, cuando ya estaba llena de sonidos distintos, experimentos descarados, velocidad, contundencia, vértigo. Descansaba con falsa inocencia en su caja marrón original, que aún olía a polvo y silencio. Minutos ante de mostrarla al mundo en el recreo, se decidió a cambiar su  aspecto. La pintó con rotulador negro y boli. Confeccionó con prisas una carátula de papel cuadriculado y le pintó una a mayúscula en el centro con el rotulador, rodeándola de un círculo. Y así se fue, pensando que llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón el encuentro único de un montón de músicos furiosos que ya llevaban tiempo golpeando su puerta.



La casete era un misterio. Cuando se la prestaron no tenía carátula, y estaba toda pintada de negro, un negro gastado, pintarrajeado, mate. Además, alguien había tratado de escribir algo con una aguja, o eso parecía. El que se la había prestado la había recibido de su hermana mayor, y no mostraba demasiado interés en su “sonido chatarrero”. No conocía a casi ningún grupo, pero la escuchaba a diario, siempre entera antes de irse a dormir. Duraba poco más de treinta minutos. Poco a poco, fue anotando cuidadosamente en un folio los títulos de las canciones que iba localizando a través de discos que se compraba o le prestaban; o que encontraba en casetes mejor documentadas que caían en sus manos. Fue completando un mapa sonoro que definía perfectamente una parte de su ser, desentrañando un misterio, conformándose como persona sin saberlo. Apuntalando conceptos estéticos, principios vitales, construyendo la base de algo que crecería con el tiempo. Incluso averiguó  la procedencia de aquellos quince segundos de la primera cara (“Baby talk” de Johnny Thunders). Mientras, el viejo montón de casetes, seguía perfectamente colocado, vencido por el polvo, encajonado en un orden mudo, en una casa cerrada.



* Dedicado a la memoria de mi amigo Francisco Vallejo.

06 julio 2017

MALDITO ESCALÓN

El escalón del patio consistía en una gran piedra larga y oscura bruñida por el tiempo. Fue el primer obstáculo que superé, cuando conseguí encaramarme a él, con apenas un año. Mi familia recuerda con frecuencia que subía y me quedaba allí tumbado, con los ojos muy abiertos y la mejilla descansando en su frescor, abrazándolo. Más tarde, mis piratas escalaron sus grietas, peleando por algún tesoro, y mis bólidos lo recorrieron infatigables. El escalón acabó representando la firmeza, siendo el ancla, mi equilibrio, el refugio al que nunca llegaba la tempestad. Así hasta que derribaron nuestra casa, ya embargada, y alguien lo demolió a martillazos al grito de “maldito escalón”.

MALDITO ESCALÓN (II)

“La vida es una escalera”, así rezaba el lema secreto que parecía respirar cada mañana con vida propia entre sus dientes. A eso quedaba reducida la existencia, a un sin fin de escalones que la gente se afanaba en ascender sin saber realmente para qué ni, en multitud de ocasiones, hacia dónde. Él los veía ir y venir. Unos subían con firmeza, excitando su envidia, mientras otros se petrificaban ante el siguiente tramo. Alguno echaba a correr por sorpresa, pero terminaba cayendo de bruces, para su alivio. Esa era su nítida visión del mundo: global, útil, funcional. Nunca compartió esa cualidad visionaria con los demás; por eso, nadie acertó jamás el significado de aquellas palabras que parecieron respirar con vida propia entre sus dientes el resto de sus días: “maldito escalón”.