01 diciembre 2016

LA MÁQUINA INVISIBLE

La máquina invisible
avanza dejándose la vida
y arañando su rastro
con las mil uñas
que raspan su inercia.
Camina
en tenguerengue
bordeando siempre
algo oscuro y desconocido.
Palabras que escribí
anidan en su piel,
conformándola;
superan el olvido
salpicadas con fuerza
desde una indecible
cadena de montaje
mientras otras miles
quedan sepultadas a su paso.
La máquina invisible
vertebra mi alma,
se posa en mi mano,
echa a volar
cuando me quedo clavado,
susurra en mi oído,
calma mis párpados.
Va siempre delante de mí
intuyendo un camino.

22 noviembre 2016

PARA, VELERO

El velero navega por mis venas
ajeno a mi dolor.
Insufla vida
con el cosquilleo
de un soplo infantil,
oleaje de sol
y turbadoras velas blancas
a este óxido creciente.

18 noviembre 2016

EL HILO

Perdiste el rumbo
tirando del hilo
de una sensación.
Te lo advertí,
pero no quisiste volver.
Sólo dijiste:
El hilo me sigue,
fluye de mí.

15 noviembre 2016

LA FLOR

La pareja sentada en la terraza de la cafetería parecía esperar a alguien. Estaban naturalmente distantes, perfectamente aclimatados a su inmovilidad, situados lo más lejos posible el uno del otro. Parecían estar esperando algo, pero cada uno miraba en una dirección distinta. Aguardaban sin mover un músculo, sin fe; mas no daban la impresión de esperar lo mismo. El rostro de ella tiraba hacia abajo, iba cerrando sus puertas. Se mostraba decaído, anhelante dentro de su quietud. Se marchitaba calmosa e irremisiblemente, encogiendo levemente los labios, acercando los ojos hundidos en el fondo del precipicio, contrayendo las mejillas. La pareja apelmazaba la tarde, la enfriaba, la agrietaba. Parecían dos bombas sin mecha. Dos duelistas enfrentados que habían perdido súbitamente la memoria, pero que, por alguna razón, se sabían enemigos. Él, entonces, rompió la bruma que lentamente los envenenaba como si fuese un cristal y propuso hacerle una fotografía. Ella sonrió vacilante, dubitativa, descolocada. Su cara se fue relajando y aceptó. Anduvo unos pasos dándole la espalda y se volvió de pronto, convertida en flor. Se apoyó con una mano en una de las patas del caballo de la gran estatua ecuestre e hizo la señal de la victoria con la otra. Él comenzó a rondar cerca de ella en cuclillas, interpretando una danza que en otro tiempo rezumó complicidad y deseo. Ella se había vuelto hacia él retadora, con rubor creciente y ojos que brillaban y parecían bailar desorientados en sus añosas cuencas. Movió su trasero burlona, como si ya no estuviesen solos, y ensayó una sonrisa amplia que la volvió increíblemente hermosa, como si se hubieran abierto de una vez todas las cortinas de una casa abandonada y llena de recuerdos y sueños a medio colocar. Elevó la cara, mostró levemente la lengua y se tocó, aniñada y aún un poco turbada, el pelo corto color caoba. Posó radiante unos eternos segundos mientras él, ya de pie y dándole la espalda, comprobaba encorvado el objetivo de su cámara y hablaba para sí, lamentándose de algo, pensando en otra cosa, chasqueando la lengua, perdiendo la energía, odiando el crepúsculo o el morder del frío húmedo en sus huesos, o quizá la inseguridad de unos dedos inseguros faltos de voluntad. Por un momento, pareció haberse olvidado completamente de ella, que mantenía su gesto altivo, las ventanas abiertas de su atractivo. Sus ojos vivos. Su ilusión restallante. Sus mejillas tirantes. Su tersura renacida para quedar atrapada para la posteridad. Cuando por fin se decidió a fotografiarla, ella estaba sentada en la base de la estatua, consultando su móvil. Ahora ya todo había desaparecido.

09 noviembre 2016

MENSAJE EN UNA BOTELLA (35)


Carne es ese punk urgente que sabe preservar su personalidad, dominando su inercia para no terminar perdiéndose en un mazacote sónico. Ese punk instantáneo que te empuja a recuperar a los primeros Banshees, X o The Avengers, para, tras oírlos, volver a él con más ganas, necesitando una escucha inmediata de “Romper cosas”, “Entre extraños” o “La balsa de la locura”.

Es ese punk de expectación pura, sin un segundo que perder. De canciones que nacen con vocación de grito, de himno inmediato; con estribillos siempre certeros. Que arranca sin contemplaciones. Que incorpora la oscuridad a lo trepidante de su sonido sin perder el pulso ni dar lugar a momentos huecos. Que siempre deja algo memorable que tararear o vociferar entre la rabia que despliegan sus escasos quince minutos de duración.

Te sonará. Se trata de ese punk ansioso, esquemático pero sustancioso, de batería suficiente, firmes y continuos redobles, juegos de voces y coros, bajo comprimido a borbotones o efecto reverb. Ejemplo de concreción, de ganas de terminar para empezar otra vez.



Jorge y Miguel (guitarrista y bajista, respectivamente, del grupo punk afincado en Granada La URSS) fueron reclutando al resto de la banda (Miguel Baketas a la batería y el guitarrista Limón), en la que destaca, por su carisma y expresividad, como pieza clave su cantante, Patricia Crespo,  de voz melodiosa y personal que sabe resultar tajante y agresiva. Sólo hay que ver con la naturalidad que se lleva a su terreno “Love in a void” de Siouxie and The Banshees, adaptada como “Amor al vacío”, el tema que cierra el disco. Los textos nos hablan de ciudades que arden y de callejones sin final, sueltan puyas bien lanzadas, son lo suficientemente apocalípticos y dejan lugar a cierta introspección.

Un trabajo, en definitiva, fiel a las constantes más reconocibles del punk ochentero. Que sabe extraer su cualidad nihilista y lúdica con un repertorio compensado, esencial, sin rellenos. Formado por algunas de las mejores composiciones de punk que he escuchado en años. El trabajo de grabación ha sido encomiable: realizado enteramente en el Centro Social Ocupado 15 Gatos de Granada, donde suelen ensayar, con Jorge, Limón y un técnico de sonido llamado Álex, encargándose de grabaciones y mezclas, en un proceso artesanal pero cuidadoso. El resultado final, que iba a ser una maqueta en cinta de casete, ha terminado por suerte en formato vinilo gracias al apoyo de Subterránea, señera tienda de cómics de la capital granadina.


24 octubre 2016

ULISES



Ulises tiene el pelo blanco y maldice al gobierno. Ulises  vive en una plaza silenciosa y circular con suelo desdentado, jardines, bancos y un parque infantil de esos que, de tan pequeños, cuando se inauguran no tienen espacio para albergar a todos los políticos acreedores del mérito que allí se dan cita. Ulises, jubilado, se esmera en enseñarles cosas a sus nietos, que casi todos los domingos aparecen con sus padres para almorzar. Ulises les enseña a cruzar la calle mirando primero a un lado y luego al otro; y a contar monedas para comprobar pormenorizadamente el cambio en la cercana tienda de chucherías. Les adiestra acaloradamente para defenderse y cubrirse los unos a los otros en la escuela. Les adoctrina para que sean duros jugando al fútbol y, sobre todo, para que sepan mirar por lo suyo. Siempre. Ulises lava su coche todos los domingos por la mañana y va colocando a los nietos en los asientos conforme van llegando. Es su ritual. Saca su manguera, su cepillo, su jabón, sus bayetas, su pequeño aspirador y enciende la radio. Limpia, seca, canturrea y maldice al gobierno, a los aprovechados, a los corruptos, a los que nunca han dado un palo al agua. Sacude con fuerza las esterillas contra un banco, las enjabona, las aclara y las pone a secar cuidadosamente, colocando, ya que alguien le pidió que dejase de ponerlas sobre los bancos de madera, una sobre cada columpio: la pequeña moto, el caballito, y el minúsculo balancín. Después, pasa a aspirar el polvo del maletero, del suelo del coche y de los asientos. Sus nietos ríen y  sienten cosquillas cuando el aspirador se les aproxima; y Ulises, entre risas y bromas, les muestra trucos de conducción y les narra anécdotas cuya moraleja conduce invariablemente a mirar por lo suyo, saber guardar y cuidarse de los otros. Conforme avanza la mañana, las esterillas chorreantes van empapando los columpios mientras los dos únicos pequeños que viven en la plaza esperan resignadamente en el banco de enfrente a que todo termine.