19 agosto 2016

CAMINO DE HORMIGAS



Las hormigas recorrían a diario con voluntariosa rutina los alrededores de la piscina municipal. Iban y venían desde la zona de césped en un incesante trasiego perfectamente organizado. Los niños las pisaban con sus sandalias y reían, aunque sin demasiado entusiasmo. En ocasiones, saltaban sobre ellas descalzos unos segundos, y después se limpiaban bajo la ducha los puntitos marrón oscuro que manchaban las plantas de sus pies. Realmente se habían convertido en parte del paisaje, y nadie les hacía demasiado caso. Una tarde, uno de los padres reflexionó sobre aquellas filas de hormigas que aparecían y desaparecían bordeando la piscina. Al día siguiente, aprovechando el momento en que los niños merendaban envueltos en toallas, con sus cuerpos temblorosos aún mojados, en lo que no era más que un mínimo parón antes de volver a lanzarse al agua, los situó alrededor del camino de hormigas para, sirviéndose de estos laboriosos insectos como feliz metáfora, inculcarles una inolvidable lección sobre los beneficios de trabajar y gestionar intereses comunes en equipo y con una buena organización. Utilizando un tono elegíaco y gustándose cada vez más, les contó con mirada intrigante que en el mundo de las hormigas las decisiones se toman colectivamente; que viven en colonias organizadas; que, como los seres humanos, cultivan e incluso tienen ganaderías; o que cada hormiga desempeña una tarea concreta.  Como ejemplo ilustrativo, tuvo la feliz idea de colocar un trozo de corteza de pan en el suelo, cerca de las hormigas. Les explicó que, dado su peso, una hormiga jamás podría trasladar hasta su hormiguero el trozo de pan, y les pidió que tuviesen paciencia y observasen con atención. Su vanidad estaba a punto de estallar ante el resto de progenitores bronceados por haber sabido ganarse la atención de los pequeños, que miraban la escena boquiabiertos, haciendo caso omiso de sus bocadillos. El trozo de pan pronto estuvo rodeado de hormigas, varias de las cuales consiguieron elevarlo y transportarlo, haciendo gala de una envidiable coordinación. Los niños volvieron al agua con la lección aprendida y formaron diversos corros mientras nadaban, estaban profundamente impresionados. Al día siguiente se tomaron la merienda con pausa y sigilo; masticando en silencio sin apartar la vista del reguero de hormigas. Cuchichearon, uno de ellos colocó un buen trozo de pastel de chocolate (un manjar que, lógicamente, suponían mucho más apetitoso y atractivo que una modesta corteza de pan) en mitad del camino de las hormigas y se dispusieron a observar con paciencia. Igual que ocurrió con el pan el día anterior, el trozo de pastel pronto fue invadido por las hormigas, por muchas más hormigas, dado su tamaño; tantas que hasta desapareció de la vista de los niños. Sólo se veía un negrísimo montículo nervioso de hormigas en movimiento que pronto inició un leve avance. En ese momento los pequeños se miraron y, perfectamente organizados, empezaron a saltar sobre las hormigas al grito de muerte, muerte, muerte.

01 agosto 2016

LEÓN BENAVENTE

Todo lo que hay de atractivo para los oídos más inclinados al pop y al rock, en la incorporación de elementos electrónicos, reside en la música de León Benavente. La sensación a la vez panorámica y apremiante. El impulso mecánico y repetitivo del mensaje. La eficacia directa e irresistible de su transmisión. El nervio subterráneo. El lirismo frío que se licúa sobre las melodías. El golpe sintético de energía. El latido metálico, como esqueleto presto a ser recubierto de furia y excitación eléctrica. Todo confluye en esa ambientación carnosa, rugosa a la vez que huidiza y ágil, que circula a nuestro alrededor sin parar de dejar su huella. En la facilidad para atrapar lo etéreo y propulsarlo cargado de sustancia, o para dotar de respiración y ansiedad al ritmo. En la capacidad, finalmente, para montar al oyente en su montaña rusa de narrativa clara que se vuelve compleja para ser otra vez clara; medidas palabras que recorren lo eterno y lo presente para precipitarse en el oído cargadas de historias, reflexiones y sensaciones.


17 julio 2016

SE FUE (ALAN VEGA)

Se fue

el Elvis desnudo nacido entre el tráfico de la gran ciudad,

el aullido inmutable, la respiración acelerada

del mundo moderno y circular.

Se fue

el que llevó la toxicidad urbana a los escenarios,

el que inyectó de frialdad electrónica,

los gruesos telones aterciopelados

Que no dejaban de caer.

Se fue

el que congeló con precisión

el fuego de todos los corazones rotos,

la angustia escondida en todas las esquinas,

el latido tumultuoso de todos los miedos,

el anhelo mordiente de todos los deseos.




En memoria de Alan Vega.

16 mayo 2016

REENCUENTRO

Si alguien me hubiera pedido opinión acerca del regreso de 091, me hubiese mostrado bastante reticente. Esa es la verdad. La razón de fondo no es otra que el miedo que me producía que la cosa saliese mal, que no obtuviesen la respuesta deseada por parte del público, que todo quedara reducido a un ejercicio de nostalgia para unos pocos, y uno de los pedazos de la historia del rock español más reivindicable volviese de nuevo a su rincón, y esta vez apaleado por la realidad. El mundo del rock tiene estas conexiones emocionales, que son parte de su magia esencial. La empatía que llegamos a sentir con nuestros grupos favoritos rebasa muchas veces la lógica. Por alguna extraña razón, tendemos a ponernos en su piel, a padecer sus fracasos o la incomprensión a la que son sometidos por el resto. A temer por ellos. Tiendo al pesimismo, lo reconozco, y por eso lo primero que imaginé fueron escenarios menores, ambientes fríos o críticas acerbas.

Ya han pasado los esperados conciertos de Granada, termómetro ideal para valorar cómo está resultando esta “resurrección”, y es evidente que el balance no puede ser más positivo. Las reediciones por fin hacen justicia con uno de los repertorios que han rayado a mayor altura dentro rock hecho en castellano. El público ha respondido. Y, algo muy importante, sobresale la profesionalidad de la planificación en todos los aspectos, empezando por la propia preparación de la banda, cosa que me alegra, pero no me sorprende; por lo poco que conozco a José Ignacio Lapido, sé que no es amigo de pasos en falso ni de cabos sueltos, y que el compromiso que demuestra con su trabajo y el respeto por su público están fuera de toda duda. Más bien son un espejo en el que debería mirarse más de uno. De estos conciertos de la plaza de toros destaco la organización, el cuidado de los detalles, o la inversión realizada, acorde con lo que se quería ofrecer. Pero, sobre todo, la certeza de haber  visto a un grupo que ha conseguido lo que pocos logran en este tipo de reuniones: se han reencontrado, entre ellos como músicos y con las canciones. Han sabido retomar el pulso allí donde se quedó. Han pulido y añadido detalles, refrescado el repertorio y renovado pequeñas cosas para conseguir ser ellos de nuevo en un escenario.



El éxito de este regreso está siendo objeto de estudio pormenorizado en decenas de barras de bar. He participado en alguno de esos debates, y en ellos he expuesto mi opinión. Pienso que 091 gustó durante su trayectoria a mucha gente, no a tanta como para convertirse en superventas (menuda palabra anticuada) pero sí a la suficiente como para dejar huella. De entre aquellos seguidores, muchos dejaron de escuchar música con la edad y fueron aparcando al grupo, y otros mudaron de gustos e intereses musicales, empujados quizá por esa tendencia hacia la experimentación y la superación de lo clásico que ocupó el final de los ochenta y buena parte de los noventa, circunstancia ésta que mermó de paso el relevo generacional de seguidores del grupo. Pues bien, todos esos han vuelto. Pasados los años, y ante la perspectiva de poder ver en contados conciertos acotados en el tiempo al grupo que en su día fue importante para ellos, los antiguos seguidores se han apuntado a un ejercicio a medio camino entre la nostalgia y el redescubrimiento; y a los que los dejaron de seguir, el tiempo les ha demostrado que lo que realmente permanece son las canciones que, en el caso que nos ocupa, han soportado en su mayor parte el paso de los años. Eso sin olvidar el reducto de fieles que, año tras año, han mantenido encendida la llama de la banda, haciendo apasionado proselitismo hasta donde han podido. Solo queda que, tras esta gozosa confluencia, algunos se queden y conozcan el repertorio de José Ignacio Lapido. Estoy seguro de que les merecerá la pena. 

15 abril 2016

MENSAJE EN UNA BOTELLA (32)

ANTONIO FERNÁNDEZ FERRER “Monodiálogos frente al espejo” (Editorial Nazarí, 2016)

El granadino Antonio Fernández, profesor y maestro de tantos, músico, ensayista y poeta de largo recorrido, se acerca esta vez al relato corto partiendo de una idea que empezó a tomar cuerpo en su blog personal, hasta crecer lo suficiente como para exigir un tratamiento más meditado.

“Monodiálogos frente al espejo” es un libro positivo, aunque no por ello cómodo o exento de sustancia ni de capacidad de denuncia. En él conviven de forma natural la sencillez, el guiño cómplice y el análisis. Se valora el paso del tiempo, el significado de las cosas; y se celebra el placer de lo cotidiano, de los pequeños detalles que nos acompañan, que nos modulan con su modesta y tranquila presencia. Creo que Antonio se ha divertido escribiendo este libro, recopilando anécdotas, pequeñas situaciones; anotando consideraciones sobre música o literatura, y sus procesos creativos; u ordenando las reflexiones a que nos empuja el paso de los días en esta España dominada por el absurdo, unas veces tan dramática y siempre tan difícilmente explicable. El humor, la ironía o la mordacidad, son ingrediente común de estos monodiálogos, o breves intercambios de opiniones entre el autor y su alter ego. Ese otro yo situado al otro lado del espejo que le complementa, culminando su personalidad; que sirve tanto para sacar a relucir sus dudas como para reafirmar de sus posiciones. Así, mediante textos breves estructurados en forma de diálogo consigo mismo, el autor pone en liza dos puntos de vista sobre los temas de siempre, o sobre otros desarrollados al filo de actualidad política y social, y que, habitualmente, no son más que el reflejo de los temas de siempre. Esos puntos de vista que juegan al tenis en nuestras cabezas en no pocas circunstancias.




Los textos, de amenísima lectura, están cuajados de buenas observaciones, decantados con la lucidez que sólo proporciona la experiencia de quien pasa por la vida observando con mirada clara el mundo que le rodea. En muchos de estos monodiálogos, asistimos a un interesantísimo intercambio de ideas; y somos testigos de la evolución del pensamiento del autor, dentro de un conjunto en el que la concisión es virtud. Un libro que, afortunadamente, se niega a ser el típico texto de autobombo tan común por estos lares. 

11 abril 2016

PESCOZÓN

El niño miraba la televisión sentado en el añoso sofá de la casa de sus abuelos. Tenía puesto el pijama de “Star Wars” que le había elegido su padre, y combatía el frío que rodeaba la mesa camilla con una mantita que su abuela le había echado por los hombros. Llevaba dos días allí porque sus padres habían tenido que viajar a la capital. Él no comprendía por qué no había podido acompañarles, por qué razón tenían que ir los dos, y dejarlo solo. Cuando lloró y pataleo ante la noticia de quedarse al cuidado de los abuelos durante unos días, su madre perdió los nervios y le dio un pescozón que le estuvo escociendo hasta que se quedó dormido. Cada vez que lo recordaba, se pasaba la mano instintivamente por la parte posterior de la cabeza. Ante su insistencia en acompañarles o en que no le dejaran solo, su padre le llamó egoísta, consentido, caprichoso y algo terminado en “céntrico”. “Soy céntrico, como el quiosco del tito”, llevaba horas con ganas de decirle a su abuela, que no hacía más que mirar el reloj. Su madre se tiró de los pelos, dijo que era una desgraciada, que siempre había sido una desgraciada, que nadie la quería, que nadie pensaba en ella; lloró, le dio una patada al frigorífico, chilló y finalmente vino lo del pescozón. Sus padres terminaron discutiendo entre ellos, diciéndose cosas que no acertaba a entender; se encerraron en la habitación y gritaron durante un buen rato mientras él permanecía en camiseta en el comedor, empezando a sentir frío y con miedo de coger la tablet, que al final de la noche terminó junto a su cargador en la maleta familiar. Sus padres se fueron al amanecer, estaba oscuro todavía. No había ni siquiera coches en la calle cuando su abuelo lo condujo hacia la parada del autobús, y apenas pasó gente mientras lo esperaban. El abuelo llevaba un bolso con su ropa y él una mochila atiborrada que le había preparado su madre recién levantada. Pesaba mucho, y no dejaba de pensar en la cantidad de juguetes que ya no le interesaban que su madre había embutido ahí. El tiempo pasaba lento sin la los juegos de la tablet, sin el rato en el parque de después del colegio. Su madre llamaba a la abuela cada dos por tres y ambas reían, chillaban y daban saltitos, luego hablaba con él y le contaba cosas que no acababa de entender entre gritos, risas y prisas. Aquella noche miraba la televisión en silencio tras cenar las tortitas que le había preparado su abuela. La manta antigua, dura, con el olor acumulado de toda una historia familiar lo envolvía y le daba calor. El abuelo fumaba en el balcón, paseando lentamente y mirando el paisaje como si calculase sus dominios. La tele de los vecinos se oía a través de la pared, estaban viendo lo mismo que ellos, y los anuncios se escuchaban con un ruido doble que le llamaba la atención. En el bloque de enfrente, al otro lado de la estrecha calle, los vecinos miraban la misma cadena también, ya que en su televisión salía el mismo anuncio. Cuando comenzó el programa su abuela le zarandeó y besó presa de los nervios, y acto seguido golpeó la puerta del balcón para que el abuelo regresara mientras gritaba “el concurso, el concurso”. En la pantalla, el público aplaudía y el presentador corría y abría los brazos. De pronto sus padres aparecieron. Papá afeitado y con un peinado nuevo, mamá pintada. Ambos sonriendo con sonrisas desconocidas. Entraron corriendo, de la mano. Hacía tiempo que el niño no los veía cogidos de la mano, y mucho menos corriendo. Se colocaron tras unas pantallas parecidas a su tablet, pero algo más grandes y un poco más delgadas. Saltaron. Dijeron unas palabras como mágicas que sus abuelos repitieron al unísono. Se volvieron hacia el público con los brazos en alto, luego se fueron girando, agachados, hasta unir trasero con trasero y restregarse los culos; finalmente, cambiaron de posición hasta rozarse las narices y palmearse el uno al otro los muslos, sin dejar de menear el culo. 

23 marzo 2016

MENSAJE EN UNA BOTELLA (31)

ENRIQUE BONET “La araña del olvido” (Astiberri, 2015)

"La araña del olvido" de Enrique Bonet consigue que, conforme se avanza en la lectura, el pasado arda entre nuestras manos mientras va dejando un poso helado en el fondo del alma. Imperan un tono sombrío, un olor a cerrado, que inundan hasta el último rincón. Un frío que no se termina de vencer. Se escucha el gotear constante del miedo, de la incertidumbre. Se percibe en la expectación de las miradas y en la facilidad con que éstas se agrietan y desvían, en los silencios, en las emociones amordazadas; en las excusas, las dudas, la desconfianza generalizada. Revolotea en la profundidad de los espacios, en la quietud de las estampas de una ciudad varada que se deja remolcar con los ojos cerrados y los oídos tapados. En las mentiras de peces que boquean para sobrevivir en un estanque pútrido, terminando por creer sus propias mentiras. Bonet subraya, con el ritmo con que modula los acontecimientos, con su distancia y contención, esa amenaza latente. Tan eficaz que los restos de su naufragio llegan hasta nuestros días, hasta el temor a indisponerse con el poder (o con el posible poder) que aún nos atenaza de alguna manera.



Estamos ante una indiscutible muestra, otra más, de ese poder único del cómic (aunando el escenario mental que la lectura nos permite recrear, con el poder de las imágenes, en este caso, escrupulosamente escogidas) para adentrarnos en cualquier circunstancia histórica, en cualquier peripecia, a cada cual por nuestro propio camino.